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Una mierda de último año. En casa de la abuela, como siempre. Con la misma jodida gran familia de siempre. Faltaron los del tío Ricardo, la tía Blady y el tío Armando. Ni cuenta nos dimos cuando terminó la cuenta regresiva. Nos abrazamos como todos los años. La misma hipocresía de todos los años. Bleh.



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Los abrazos de mi tía son los más dulces. Nadie me abraza como ella. Lejos de eso, hoy no hay nada que decir. Muy de acuerdo con estas fechas, una canción preciosa de Soledad Pastorutti, Brindis. Algunos fragmentos.

[...]

  Y es que siempre voy detrás
de lo que siento.
Cada tanto muero
y aquí estoy…

Por esos días por venir
por este brindis para mí
por regalarle a la intuición el alma mía

Porque los días se nos van
quiero cantar hasta el final.
Por otra noche como esta
doy mi vida

[...]

con mil abrazos me cuidé
con mil amores me curé
juntando heridas
sigo creyendo en la gente.

[...]



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Después de una breve visita a la catedral de Puebla agarramos camino. En realidad todo el día fue de camino. Nueve horas. Lo bueno que convencí a los viejos de que me compraran un libro, porque el de Madame Bovary no se me antojó. Los heraldos negros. Antología. de César Vallejo, fue el que me invitó a comprarlo. Leí la mitad. Cabe mencionar que en toda esta semana de viaje no escribí nada. Ahora estoy, estamos, de nuevo en casita. Home, sweet home.



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Olvidé mencionar que anoche fuimos a cenar al centro en un balcón con vista a la hermosa catedral del lugar. La comida y el servicio una mierda, pero la vista sí que valía. Compramos chucherías a unos indígenas hermosos que rodeaban el zócalo.

Temprano nos fuimos los viejos y yo al centro de Taxco a ver qué veíamos. Entramos a la catedral, pero como todo domingo había misa y no pudimos mirar a gusto. Un señor que vendía gelatinas nos recomendó ir a almorzar barbacoa al mercado. Muy lindo el lugar. Un mercado como cualquiera, pero con la particularidad de que todo está en desnivel, bajas y bajas escaleras. Yo desayuné un licuado de fresa. Los viejos dicen que el consomé estaba riquísimo.

Lenteja se quedó en el hotel. Cuando regresamos arreglamos nuestras cosas y agarramos camino a Puebla. No recuerdo cuántas horas de camino fueron. Llegamos directo a Africam Safari, un lugar al que el Viejo nos había prometido llevarnos desde que éramos verdaderamente pequeñas. Fue lindo, sólo que nos metimos ya tarde y no alcanzamos a ver todo. Un par de monitos se subieron a la camioneta y nos saludaron coquetos desde el cofre, un rinoceronte obstruyó sin más nuestro camino durante varios minutos y vimos a unos antílopes preciosos moverse de forma tal que parecía que bailaran en círculos.

Al anochecer llegamos a un hotel en el centro histórico de Puebla y salimos al zócalo para ver qué podíamos cenar. Compramos churros, chocolates calientes, taquitos y cafés. Me encantó el lugar. En varios restaurantes y cafeterías abiertos se escuchaban guitarrazos y rolas conocidas de gente linda y querida como Abel Velásquez, Vicentico y Fernando Delgadillo. Amaría si acá hubiera más personas con onda trovadorezca accesibles. El único pseudo-trovador toca en un restaurante caro de sushi. Buu.



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Partimos temprano a Taxco. Al medio día nos detuvimos a comer un par de tortas preparadas por el viejo a media carretera, bajo un árbol, sobre las ramas secas. No recuerdo a qué hora nos internamos en Taxco, preguntando a media docena de traseúntes ¿Por dónde el mercado de plata? para escuchar de cada uno Sígale derechito. Fue hasta que nos internamos en las increíblemente angostas calles en busca de un estacionamiento, cuando nos encontramos en aprietos. Pero fue lindo, emocionante. Parecían los callejones fragmentos de laberinto.

Al final nos regresamos a un hotel caro pero lindo en las afueras. Era el único con estacionamiento. Luego de instalarnos, nos encaminamos al tianguis de plata. Fue cosa de horas pasear entre las mesas de manteles azules con anillos, collares, brazaletes, dijes y aretes que resplandecían como lunas. Fue por sí misma una experiencia bellísima empujarte entre la gente para ver la plata iluminando por todas partes el lugar. Me gusta más que el oro. Es más elegante, más sutil, más íntima. No sé.

Literalmente me compraron cuatro lunas de plata para adornarme las orejas. Es todo lo que pedí. Lo demás -anillos, cadenas, brazaletes- me parecen suntuosidades innesecarias. Creo que al atardecer me quedé en el hotel viendo un especial increíble en History Channel sobre el Corán. Me han dado unas ganas tremendas de volver a tener televisión por cable, en lugar de abierta. Con programas como ese sí dan ganas de sentarte un rato a ver la cajita que apendeja. Debo decir que me agradó sobre todo la visión musulmana de Cristo: sólo un profeta más, ningún hijo de Dios.

Luego de que Doña intentara meterse a la alberca con malos resultados (le dio miedo porque estaba bastante profunda), Lenteja me convenció de que entrara con ella. Ahí estuvimos un rato, muriéndonos de frío y lamentando la pérdida de nuestras habilidades en natación. La falta de práctica, evidentemente.